En el blues, la armónica
suena como una voz más, como un lamento desgarrado, una pícara
melancolía o un virtuosismo sinuoso. La armónica se escucha llorosa
y rota. Es un quejido solemne, una pose resignada y estoica. En manos
del bluesman, la armónica sirve como catalizador del alma humana. El
sentimiento borbotea desde el rincón más profundo del espíritu y
sale expedido de los pulmones como un hálito de rítmica nostalgia.
Puede ser eje de la composición, como en las descarnadas piezas de
Little Walter, puede ser serpiente seductora en medio de una banda
empleada en una sesión de jamming. El blues nace de la tristeza de
los condenados a la opresión en las plantaciones y esta pesadumbre
bruta se prende a todas y cada una de sus notas. La armónica repite
el compás, enlazándose con el rasgar de las cuerdas de la guitarra.
Es una plañidera armoniosa, una invocación de la pureza del
sentimiento, un modo excelso de convertir el aire en arte. Traduce el
ignoto idioma del ritmo corporal. El blues vive en la armónica y la
armónica para el blues. Nada expresa mejor su esencia. Nada
construye un sonido más conmovedor. Es la seducción de la entereza
del humilde, la admiración por la doma de la desgracia. Esta música
inmortal enfrenta la desdicha, pero no pretende vencerla. La asume y
se interna en ella, la moldea y la torna en magia. Ya no quedan
plantaciones de esclavos y el racismo, aunque vigente, pierde
lentamente terreno. Pero sigue la aflicción, el desamor, la penuria
o el inconformismo pasivo. El blues no es una canción protesta ni
una consigna para manifestaciones. Es un hombre cansado, vapuleado
por el mundo pero firme en su fortaleza interna. Es el bluesman y su
armónica, cobijada entre sus manos oscuras, las gafas de sol y el
sombrero ligeramente ladeado.
Escritos semanales acerca de temas diversos, sin otro punto en común que la búsqueda de la eufonía.
jueves, 12 de julio de 2012
jueves, 5 de julio de 2012
El hombre ante el primer lienzo
El hombre,
estaba en su primavera
protegido del frío eterno
en sus cuevas
en las profundidades del mundo
hundido hasta los tuétanos
en las simas de su propio
inconsciente
El hombre
con las manos impregnadas
acariciando la roca
el vientre de la madre
dibujando
en la penumbra del útero de piedra
eran él y el trazo mágico
- el búfalo, el ciervo, el alce,
el mamut silencioso y melancólico -
El hombre
vivía aterido
temeroso del salvajismo de la tierra
oyendo los rumores
amenazantes
los ecos de los vientos polares
surcando las costuras palpitantes
del mundo
El hombre
solitario, alumbrando por hogueras
trémulas
él solo y quizá algo más
él solo y además todo
el todo de la humanidad en sus
albores
el llanto de la tribu universal
de la niñez primera
y el lienzo hirviendo de sueños
de imágenes y fábulas
Él, al final de la gruta
sucio, desdentado,
quizá enfermo
musitando letanías olvidadas
levitando en el éxtasis del arte
sorprendido, fascinado
temeroso de su pintura
ignorante de su propio
genio
Y algún día,
puede que muera
quizá en el abismo
o en la pradera
herido, o afiebrado
El hombre cerrando los ojos,
enterrado, frío y desconocido
lejos de su anónima maravilla
La sima,
cegada por el tiempo
Los hombres,
enfrentados para siempre
Y la luz eléctrica,
el sucesor, el descendiente
milenario
Horadando en la memoria
vaga y soñada
del éter del universo
Alumbrando las paredes
caminando, a paso lento
agachado, cubriéndose
cauteloso
de la telaraña de escarpias
y colgantes dientes
cavernarios
Allí está el hombre,
otra vez
embelesado ante aquel estallido
la mirada fija, el foco caído
en el suelo
Y el cuadro sobre la piedra
exhumado de un sopor de siglos
el dibujo, la pasión
la incognoscible inspiración
del chamán primigenio
Revelada al mundo, celebrada,
estudiada e idolatrada
asediada por la emoción,
la curiosidad,
el tedio de la visita forzada
Allá en lo alto
abajo, entre los túneles y las
quebradas
duerme el sueño de las beldades
la expresión más humana de la
tierra
Está el esbozo, la vívida
recreación
de criaturas perdidas,
está la lumbre de los tiempos
Está él
El hombre,
tendido sobre las pieles
arrastrando un dedo rojo
sobre la corteza infinita de la
tierra
lunes, 2 de julio de 2012
Soberanos y subordinados
El monarca y el
subordinado. El ego y la envidia. Dos rostros de la paradoja humana,
la mezquindad y la grandeza sobre el eje de una dualidad
imperecedera. La Historia repite arquetipos con una cadencia
fascinante. No importa el siglo, siquiera el milenio. Las estructuras
de poder se reiteran, las tragedias reverdecen, los hombres se
relacionan ante un espejo invisible. El mundo del pasado es un mundo
de arrojo y guerra. El triunfo militar es la sublimación de la
excelencia. El héroe, el paladín, el estratega, el ídolo de las
masas. El gobernante, supremo y narcisista, no puede soportar los
éxitos de sus más renombrados comandantes. El jolgorio por la
victoria posee un límite determinado, la fama creciente, el miedo
paranoico a ver ensombrecido su dominio. Tal fue Valentino III con el
último héroe de Roma, el bárbaro Flavio Aecio. Aquel caballero
extemporáneo había otorgado aliento al Imperio en mitad de su
derrumbe colosal, pero las habladurías y maledicencias lo condenaron
a una sucia muerte por asesinato. Robert Graves inmortalizó la
tristeza del portentoso Conde Belisario, condenado a un final
hiriente, a pesar de sus inmaculados servicios, por el despotismo
cuasi divino de Justiniano I. Es el tributo inmerecido de los hombres
enteros, la mediocridad contenida tras el lujo del soberano. Los
ejemplos son copiosos hasta un grado inquietante y cuanto menos
malicioso sea el general en entredicho, mayores sus probabilidades de
terminar sesgado por los celos. El mejor de los caballeros de Alfonso
VI, rey de León y de Castilla, vivió la mitad de su existencia
desterrado de su patria. Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, sembró el
germen de una obra excelsa de la lengua castellana, pero también
personificó el absurdo de la brillantez despreciada y abandonada. El
esquema se prolonga hasta las puertas del pasado más reciente. Hay
quien dice que Hitler profesaba cierta desazón hacia Erwin Rommel,
el laureado Zorro del Desierto de las dunas norteafricanas. El mismo
Stalin hostigó al mariscal Zhukov y aunque no llegó a atreverse a
exterminarlo durante sus purgas, tal era la fama del héroe entre la
población soviética, sí lo condenó al ostracismo en
posiciones irrelevantes. En Cuba, el general Arnaldo Ochoa, vencedor
en la liberación de Angola, fue fusilado por delitos de
narcotráfico, pero algunos estudiosos consideran que su proceso fue
una maniobra de Castro para desprenderse de un foco latente de
oposición política. Sólo el avispado sobrevive, sólo quien es
capaz de dejar atrás la honra y la formalidad de la palabra dada. A
Hernan Cortés lo incomodaron desde la base de Cuba e incluso su
gobernador, Diego Velázquez, llegó a enviar un subalterno para
atraparlo durante su conquista de México. Cortés supo no ser dócil
y alejar de sí el yugo inmemorial de la jerarquía. La Historia
aleccionando con la moral dudosa de la civilización humana. El
noble, el entregado, el confiado en librarse de todo mal probando su
manifiesta inocencia, es pasto para las fieras del poder, un pedazo
de carne arrojado a la jauría. La rectitud inmaculada es
garantía de muerte. Sobrevive sólo el que aprende a pensar para sí
mismo, el que encuentra dentro de sí una pequeña veta de malicia.
lunes, 11 de junio de 2012
El robo
El boxeo es un deporte
sometido a una dualidad paradójica. El esfuerzo desplegado por el
atleta es mayor que en ninguna otra práctica, pero se lo puede
privar de los honores merecidos con una facilidad pasmosa. Detrás de
las contusiones, los brazos lacerados, las heridas, la sangre, las
lesiones irreversibles y los pómulos quebrados, hay tres individuos
oscuros escrutando desde los abismos del cuadrilátero. Estos agentes
encubiertos son imprevisibles y volubles, y en sus manos, enardecidas
por el supremo poder de la cartulina y el bolígrafo, residen todas
las probabilidades de éxito de los dos púgiles en liza. Hay una
aceptación sumisa entre los aficionados al pugilismo: en el momento
de anunciar el veredicto, la justicia, precavida, huye espantada del
recinto. El robo es una práctica inmemorial que acompaña al boxeo
desde sus inicios, pero ha alcanzado su cima suprema con la
mercantilización definitiva del deporte. En tiempos pretéritos, una
decisión injusta podía fundarse en componentes heterogéneos. Se
dice que, a principios del siglo XX, Jack Johnson, en liza con Marvin
Hart, fue privado deliberadamente del triunfo por los temores de la
América blanca, horrorizada con la posibilidad de que un negro
pudiera retar a Jim Jefries, campeón antediluviano y caucásico. En
las primeras décadas de la centuria, la Historia arroja robos
raciales, ideológicos o nacionalistas, aunque el pasado los enturbia
y quedan condicionados a la creencia en notas de prensa antiguas. El
atraco perpetrado por la Mafia es una constante desde los años
cuarenta, pero su propio origen delictivo exime al boxeo de caer en
desgracia. El crimen organizado contaminaba cientos de esferas de la
sociedad y el deporte podía ser, sencillamente, una víctima más de
su voracidad rufianesca. Es a mitad de los setenta cuando los
veredictos irrisorios prenden en las raíces del ensogado. La
estrella, cada vez más preservada, torna en un activo financiero
para la nueva hornada de promotores, quienes, con Don King a la
cabeza, comienzan a conspirar en silencio. El Muhammad Alí tardío,
entronizado por el público y generador de cientos de millones de
dólares, fue protegido en su pelea ante Jimmy Young, un zurdo
escurridizo sin ningún interés comercial. El robo se oficializa a
medida que los campeones se convierten en productos prefabricados,
abandonando la negrura de los gimnasios de suburbio e impregnando sin
remisión los grandes eventos televisados. Así, deja de ser
patrimonio de encerronas, países remotos o boxeadores encastillados
en su patria, convirtiéndose en una variable sujeta a los intereses
monetarios del momento. Pocos hombres se salvan de esta infamia
colectiva, y, desde Julio César Chávez a Evander Holyfield, las
decisiones controvertidas han ensuciado a decenas de estrellas y
escandalizado a las últimas generaciones. Si el invicto de un púgil
es un elemento productivo, se lo salvaguarda hasta el extremo. Las
victorias inoportunas se entierran sin misericordia. La rentabilidad
de las revanchas se impone a la honradez y la equidad. Hay un tañido
de campana y sobreviene el silencio. Silencio de almas en vilo,
expectantes ante el siguiente disparate. Luego es la voz profunda,
grave y atronadora, y los números que vuelan al vacío en medio de
la indignación generalizada. Están el asombro del bendecido y la
mueca del ofendido. Están el bochorno y la injuria. La risa macabra
de las sombras que reptan alrededor del cuadrilátero. Un poco de
llanto y reclamos de justicia. Un gesto de hastío y comentarios
resignados. Pero, a la semana siguiente, otra vez el pesaje, la
emoción, la tensión, los vaticinios, el televisor encendido y la
bendita farsa que continúa.
lunes, 28 de mayo de 2012
Recuerdos del primer Oriente
En el principio, estaban
el adobe, las tablas cocidas, los signos cuneiformes y los ídolos de
barro. Sólidas, entre la franja fértil, cobijadas por amparo de dos
ríos, nacían las ciudades ocres, los reinos pretéritos, los dioses
hieráticos y sardónicos. Sobre la cuadrícula crecieron las
ambiciones. Las civilizaciones buscando la divinidad, sostenidas por
el ascenso piramidal del zigurat. Vivían, en la constante lucha por
el poder supremo, los pastores devenidos en agricultores, los
labriegos tornados en guerreros, los hijos de la siguiente
catástrofe, los restos de la masacre y los herederos del nuevo
dominio. Acomodados en la eternidad de los milenios anónimos.
Perdidos en la travesía del océano arcano. Los reyes del bronce.
Los siervos del desierto. Cegando las ventanas al mundo desde la
inmensidad de su universo pionero. Monarcas de Sumer, tiranos de
Nínive, señores de Babilonia. En la penumbra de los templos
colosales, estaban Bel – Marduk, Ishtar y Anahita. Estaban los
sátrapas de barbas rectilíneas, moldes altivos para relieves
unidimensionales. Había fasto y crueldad en las bóvedas de los
palacios. Había cortes excesivas y ceremonias insondables. Era el
harén y las estancias de la reina madre. Era el chillido gutural en
las profundidades de la mazmorra. Con el mero agitar de una mano, lo
imposible tornaba factible. Ubérrimos jardines podían crecer,
escalinatas abajo, en medio de la aridez extrema. Ciudades populosas
y deslumbrantes, transformarse en yermos hediondos y turbadores. El
fuego crepitaba en Oriente, mientras Europa era negrura y
primitivismo. Se consumía, con la carne de los amos debelados.
Ardiente, alimentándose del usurpador destronado. Era una llama
intensa, espejo de tormento y sangre. Las urbes germinaban en el
desierto y eran oro, raíz de tesoro exhumado. Pero llegó el relevo,
o el incendio terminó por marchitarse. Quedaron rescoldos de lo
perdido. Se hundieron las ruinas de la ventura. Y fueron los vientos,
ululando entre las avenidas, las arenas, arrojadas contra las
murallas, la tierra, voraz, insaciable, reclamando para sí la roca
arrebatada. Hoy, hace tiempo que nadie recuerda Ur, Hattusa o Assur.
Hoy, son sólo rumor, olvido, melancolía de un imperio sin nombre.
Hoy, son un túmulo perdido en lo baldío. La huella de un fantasma,
el roce de la memoria. Memoria sin dueño ni sentido. Absurda
remembranza de un pasado abortado.
miércoles, 9 de mayo de 2012
El volcán
Rucapillán,
la Casa del
Espíritu
el miedo
ancestral
colérico
el fuego
preternatural
lámpara
pavorosa
para los
indios araucanos
Rucapillán,
el monte
coronado de fuego
el hielo
tornado en ceniza
el azufre
expedido
la nieve
desplazada
el río de
fango y magma
arrollando la
primavera del mundo
Rucapillán,
el volcán de
Villarica
el cetro
gélido de Pucón
el silencioso
monarca
de los lagos
Y tras la
escalada,
está la cima
blanca como
las nubes acariciadas
Y tras el
esfuerzo,
están la
grieta profunda
el ojo de
Hefesto
la chimenea
del horno primigenio
El albo
petrificado
en las
alturas
El frío
consentido
por las
llamas
La estampa
perpetua,
impertérrita
El pico
nevado
dominando la
distancia
Pero escucha,
tiembla la
tierra, allá abajo
Pero atiende,
vuelan los
pájaros, aterrorizados
Deténte,
el paraíso
se conmueve, de nuevo
Ya rugen los
dioses en su caldera,
ya escupe su
ira la montaña
Rucapillán,
guarida de
parsimoniosos demonios
Rey solemne y
rocoso
de un Edén
condicionado
Corre,
abandona la
belleza
Huye,
despide el bosque y el arroyo
En la cima de
la Araucanía,
crepitan
hogueras siderales
jueves, 3 de mayo de 2012
Bajo la lluvia, los perros de Santiago
Cuando comienza la
lluvia, los perros de Santiago de Chile gruñen al vacío, tiritan en el
pavimento, se ovillan en las esquinas. Las nubes vuelan sobre los
Andes y descienden hacia la inmensidad de la urbe, crepitan, se
contraen, estallan, descargan su líquido sideral. Los canes, tristes
y solitarios, han soportado el calor del verano hiriente, el sopor de
las tardes baldías, la sequedad, el aturdimiento, el abandono en
mitad del bochorno. Ahora, elevan los hocicos hacia el cielo,
parpadean sus ojos melancólicos, se mueven, intranquilos, caminan
unos pasos y se detienen ante los semáforos. Con la tormenta viene
el frío, la gélida lacra estacionaria. Repiquetea el diluvio sobre
el metal neutro de la capital. Truena la borrasca entre los cláxones
desatados, las frenadas excesivas, el chirriar de los neumáticos
desgastados. Los perros tiemblan y buscan un cobijo ilusorio. Están
solos, olvidados. Pasean como ánimas en pena de un grotesco caserón
de hormigón y acero. Sus pisadas no dejan huella en el negror
infinito del asfalto. Ladran a los vehículos, en un desesperado
arrebato de rabia. Trotan por las carreteras mientras, sobre sus
cuerpos lánguidos, discurren los caminos lacerantes de los ácaros.
Su pelo es un llanto silencioso. Su piel un mapa de crueldad. Los
perros cojean hacia la muerte, persiguen, a veces, a los viandantes.
Los siguen esperando la caricia, los rodean anhelando un gesto, se
alejan, desengañados, entregados a la extinción de su corazón
noble. En Santiago no hay excrecencias ni desperdicios de animales,
no hay campañas de conciencia sobre la higiene de los dueños y sus
mascotas. Las calles están limpias de podredumbre, pero admiten una
procesión denigrante. Junto a las grietas de las obras públicas,
tras los zanjas de las compañías eléctricas, los perros, supurando
desde sus heridas infectadas, miran hacia la nada, se aquietan,
sollozan, plantean un interrogante sólo al alcance del ser humano.
Los perros han aprendido a cruzar las calles a la vez que los
habitantes de Santiago. Aceptan su sino con la inocencia resignada
del vejado. Están en la misma encrucijada, en idéntico
emplazamiento a la última semana, mes, año. Son uno y es tantos.
Destrozados en la noche, tornados en amasijo de endeblez y huesos. Ya
no ladran, porque saben que nadie acudirá a buscarlos. En Santiago,
los perros tienen frío, desaparecen como vinieron, como un día
pasearon. Los perros mueren bajo la lluvia mientras la ciudad los
ignora, entregada a su insondable misión sagrada.
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