lunes, 27 de junio de 2011

Polvo de estrellas

Una de las conclusiones más evidentes que arroja la certeza de lo insondable del universo es la completa intrascendencia de la existencia humana. El hombre aparece como tal sólo hace unos escasos millones de años, e, incluso, desde un punto de vista estricto, lo más semejante a su condición actual no alcanza una antigüedad mayor a unos centenares de miles. Frente a esta levedad cronológica, acecha la vastedad de la edad de la Tierra, cerca de cinco mil millones de años, y la inconcebible y pretérita del misterioso telón del cosmos, estimada en cerca del triple. El famoso divulgador Carl Sagan realizó una comparación sumamente descriptiva, ubicando proporcionalmente la creación en el esquema del Calendario Gregoriano. A la aparición del homo sapiens le correspondían, únicamente, los últimos sesenta minutos del día treinta y uno de diciembre. El ser humano es una entidad sublime y revestida de un halo de romanticismo utópico, por el mero hecho de, perdido en esta inmensidad inabarcable, ser capaz de desafiar a la lógica y, uno a uno, tratar de desvelar los infinitos enigmas de su entorno. Este ánimo revelador, sin embargo, choca con un drama tan paradójico como inapelable; resulta indiferente el empeño que ponga en iluminar las tinieblas de la ignorancia, porque, algún día, desaparecerá de la realidad, dejando pendientes de resolución una ingente cantidad de dudas.

El mayor pecado del hombre es su etnocentrismo exacerbado, que lo lleva a pensar que su raza es la sublimación definitiva de la evolución del mundo. En comparación con el resto de formas de vida, el ser humano posee la ventaja de la reflexión y el raciocinio, la capacidad de interrogarse a sí mismo y adquirir conciencia de su destino. Estas ínfulas de solemnidad lo llevan a pensar que se trata de un ser único, convenciéndolo de la inexistencia de límites para su poder cognoscitivo. El fenómeno supone una traslación universal del que, a un nivel íntimo, cualquiera ha podido experimentar algún día, cuando, inmerso en sus pensamientos, llega a un razonamiento que, a su juicio, resulta brillante y novedoso, pero que, trasladado al tapiz de la confrontación con sus semejantes, se descubre reiterado y mediocre. Sus minúsculos devaneos con la inmensidad del universo son un grano de arena en medio de un interminable desierto. Antes de la aparición de las personas, otras forma de vida dominaron la superficie del planeta, pero, hoy día, sus feroces rugidos y efigies monstruosas ocupan las vitrinas de los museos. Tras ciento cincuenta millones de años de titánico enseñoreamiento, un enorme cataclismo extinguió a los dinosaurios, pero el hombre, entre arrogante e ingenuo, considera que tal hecatombe sólo puede focalizarse en entidades que no yerguen los ojos al cielo para preguntarse sobre el sentido de su existencia.

Se admiran construcciones pasadas como joyas irrepetibles, se veneran obras de arte con una profesión casi mística. Si, hoy día, una desgracia imprevista destruyera por completo las Pirámides de Keops, millones de corazones se rasgarían y el pesar tomaría hasta al alma más frívola. Y, sin embargo, la lógica del universo las terminará convirtiendo en piedra y olvido. En épocas pretéritas hubo mares, montañas, simas y cañones, de los que hoy día no queda ni un solo vestigio. Toda elaboración humana a la que se otorgue la consideración de sagrada está condenada a desaparecer de manera inexorable. Las más eminentes líneas literarias, la belleza de un cuadro, la expresividad de una maravillosa escultura o el ritmo de la música, revisten una valoración sublime sólo porque el hombre, haciendo uso de su cerebro, las ubica en un sitial preponderante. En un lejano futuro, todo ello volverá a reintegrarse en la hondura del universo. Cuando no quede nadie capaz de emocionarse con ellas, perderán su valor intrínseco, serán cubiertas en su abandono por las enredaderas de un destino funesto.

Esta aceptación de lo irrisorio de nuestra naturaleza, a pesar de todo, no debe conducirnos al pesimismo. La vida es demasiado nimia como para malgastarla en preocupaciones infames. La pretensión de eternidad, el deseo de significación, la lucha por la trascendencia o el culto al propio ego quedan transformados en entelequias absurdas. La felicidad propia y de los semejantes debiera ser el único objetivo de la existencia. Al fin y al cabo, todos acabaremos viajando juntos en el polvo de las estrellas.

lunes, 9 de mayo de 2011

Al volante

Una de las conclusiones a las que puede llegarse tras la experiencia de la conducción diaria es que el vehículo se transforma demasiadas veces en la prolongación mecánica del estado de ánimo. Los coches son un arma peligrosa que responden sin queja a las exigencias de su propietario y la sencillez de su mecanismo los hace idóneos para materializar conductas temerarias. Cualquiera se ha arrancando alguna a corear a voz en grito las canciones que expide el reproductor musical, pero, ante la perspectiva de enfrentar un semáforo, ha tenido que recomponer su expresión, temeroso de detenerse en el asfalto y ser contemplado en toda su dimensión ridícula por los peatones y sus iguales al volante. Fuera de perturbados mentales o almas completamente desligadas de la opinión externa, nadie que camine por la calle escuchando melodías en sus auriculares se ve compelido irremisiblemente a dar muestra de sus paupérrimas aptitudes vocales, pero, al mando de las cuatro ruedas, el comportamiento nos resulta aceptable. Tal hecho se sustenta en el propio funcionamiento de la máquina, la cual, si bien a pequeña escala, induce en el usuario una sensación de poder y control de los elementos. El pisar del acelerador evade temporalmente de las limitaciones corporales y permite observar el mundo de un modo que el organismo humano no puede siquiera elucubrar en sus mejores sueños. El hombre es un animal ambicioso al que seduce la posibilidad de domar el entorno y los vehículos de motor son una generalización burguesa de los privilegios tradicionalmente reservados a las clases altas. Con un sencillo movimiento del brazo, la compleja estructura motorizada cumple dócilmente nuestros designios y se traslada hacia el lugar deseado sin que el físico deba realizar ningún tipo de esfuerzo.

Estas premisas antropológicas facilitan el entendimiento del porqué de las acciones arriesgadas en el tráfico. Detrás de cada maniobra en las autopistas se esconde una faceta psicológica determinada e incluso la contemplación global de los hábitos en el tránsito puede llevarnos a una calificación meridiana de los valores imperantes en una sociedad. El dogma del triunfo por encima de cualquier otra consideración cristaliza en las carreteras con una reiteración peligrosa. Ahora lo importante es llegar, sin importar las formas ni los posibles daños colaterales, y el conductor extiende este mandato ético a las horas que se mantiene al volante. Dentro de la mente de aquellos que abandonan una rotonda desde el carril interior, forzando al resto de automovilistas a detenerse para evitar males mayores, de los que, obviando el intrínseco riesgo a la cercanía de dos grandes masas, se abalanzan sobre el coche inmediatamente posterior, compeliéndolo a apartarse de su camino, o de quien se incorpora a la autopista con la certeza de que detenerse ante la circulación es una profunda derrota, habita un apremio universal que dirige el rumbo de la existencia colectiva. No hay momento para el detenimiento, la reflexión o la empatía. Si el congénere más cercano aumenta la velocidad, la inapelable obligación es hacer lo propio. Si hay un espacio inutilizado al que, súbitamente, alguien quiere trasladarse, la respuesta inmediata ha de ser acelerar para evitarlo. La solemnidad de un coche caro faculta a su poseedor a exigir pleitesía y aquel que no se retira ante sus advertencias es objeto de enardecida cólera. El celo por la riqueza inalcanzable motiva conductas frustradas, permitiendo la contemplación del bufonesco espectáculo de un vehículo herrumbroso realizando maniobras propias de Niki Lauda.

Todos los días, en la carretera, se representa el drama de las sociedades actuales. Millones de individuos compitiendo entre sí por razones ignotas, aprestándose en arribar los primeros al paraíso de ninguna parte.

lunes, 18 de abril de 2011

Secretos de las profundidades

Hoy día el hombre venera los restos arqueológicos con una solemnidad responsable porque en ellos puede admirar la destreza de sus antepasados. Los grandes monumentos de la antigüedad levantan encendidas pasiones y en sus formas extemporáneas se esconde la fascinación inmemorial por las obras de tiempos remotos. Inmerso en la dinámica de una sociedad arrolladora, este ímpetu conservador se enfrenta al expansionismo urbano y no es extraño contemplar un vestigio de la gloria  pasada acorralado por edificaciones modernas. La cercanía temporal a una determinada construcción la desprovee sin misericordia de cualquier reverencia y por ello el drama de la destrucción de las antigüedades nace en el mismo momento en que éstas son artefactos plenos de vigencia. Al hombre le gustaría poder exhumar una ciudad tal y como luciera hace miles de años pero el propio avance de la humanidad ha limitado los hallazgos a la ventura del abandono crónico. Gran parte de la tierra ha sido demasiado ocupada como para albergar reminiscencias puras y la constante de la civilización ha superpuesto el desarrollo al mantenimiento de estructuras arcaicas. Pero el mundo, a pesar de todo, aún esconde secretos.

Desde el inicio de los tiempos, se ha convivido con la visión de las aguas procelosas, eternas extensiones sin final ni principio que ocupan mayor espacio en el planeta que toda la superficie terrestre. Innumerables naves han surcado los mares, peleando duramente contra los elementos, y la tragedia las ha condenado en ocasiones a sufrir desventuras y naufragios. Los océanos no entienden de piedad ni tampoco de concesiones de gracia y la crueldad del azar ha enviado a morir a miles de marineros a lo largo y ancho del globo. No hay que buscar latitudes exóticas para cerciorarse de esta verdad sugerente. El Mar Mediterráneo es un ejemplo claro de la prolija abundancia de sus profundidades. Mucho tiempo antes del nacimiento de Cristo, los fenicios lo circunnavegaban como si de un lago de recreo se tratara y desde entonces ha sido habitado por todas las culturas establecidas en sus márgenes. Pentecónteros griegos y quinquirremes cartagineses, galeones españoles y urcas venecianas, galeras turcas, movidas por el desesperado ardor de los esclavos cristianos, y ladinos bajeles de los piratas berberiscos. Riquezas ingentes, tesoros olvidados, restos de vidas que nunca pasaron a unos anales de la historia que sólo abren una pequeña abertura a la enormidad de la existencia de siglos anteriores. El mar es un lugar vedado al hombre en el que su capacidad de destrucción es una entelequia risible y en sus insondables profundidades dormitan reliquias inmemoriales.

El deseo incontenible de reconstruir la antigüedad a través de la recuperación de objetos materiales hallaría un estado de clímax si fuera capaz de descender al abismo, pero, a pesar de haber logrado contemplar el vacío desde la turbadora atalaya de la Luna, el hombre sigue encontrando en sus mares un misterio inaccesible. En el día a día resulta un elemento más del paisaje, e, inmerso en el ajetreo cotidiano y la comodidad de los avances tecnológicos, el individuo puede llegar a observarlo sin sentirse intimidado. Pero, al caer la noche, manteniendo fija la vista en la negrura de su presencia infinita y oyendo el relajante diapasón de su primigenio oleaje, se verá tan indefenso como aquel hombre de las cavernas que un día lo descubriera por vez primera. Bajo ese manto inabarcable, duermen un letargo perpetuo todas las quimeras que la persona desee construir basándose en las vagas certezas historiográficas. Sumergidas hasta el final de los tiempos, olvidadas entre arenas y linimentos antediluvianos, las más portentosas maravillas conviven con la indiferencia de las criaturas submarinas. Desde el fondo del mar dimana la esencia unívoca que moverá por siempre a la humanidad a buscar en su propio pasado. La arqueología es sólo una forma científica de sosegar las inquietudes de una imaginación desbordante.

lunes, 28 de marzo de 2011

Patrias de saldo

Desde el momento en que alcanza el poder, todo régimen autoritario se apropia de las enseñas nacionales para simplificar su doctrina respecto al pueblo llano. En su fase más rudimentaria, el cerebro humano es un artefacto maleable, en el que pueden introducirse toda clase de conceptos vacuos si se los adorna con la suficiente dosis de épica y heroísmo. Independientemente de su cariz ideológico, las dictaduras proceden a identificar la patria con la situación de poder vigente. Arroparse en la bandera como un prócer del romanticismo es una maniobra útil y permite vilipendiar a la oposición política bajo el apelativo generalizador de enemigos nacionales. El patriotismo exacerbado es una de esas creencias que pueden llevar a la humanidad al colapso y entendido como un dogma de fe conduce al enfrentamiento visceral en toda colectividad social. 
 
Ningún régimen dictatorial ha sido excepción en esta atribución solemne de la defensa de los valores patrios. Hitler clamaba por reeditar la gloria del viejo Reich alemán, Mussolini rescató las águilas de la Roma Imperial, Saddam Hussein gustaba de compararse con Saladino y Pinochet y Videla realizaron todas sus fechorías bajo la excusa de defender los intereses nacionales. Incluso las dictaduras comunistas, cuya ideología aboga en principio por el internacionalismo socialista y la desaparición de todas las barreras, terminaron por construir la entelequia del amor a la patria una vez se establecieron en instituciones burocráticas. Stalin propugnó el concepto de la revolución de un solo país, forma edulcorada de afirmar la primacía de los intereses nacionales, sesgando así el sueño de Lenin de convertir la Unión Soviética en el epicentro de la insurgencia mundial. Desde la cúspide de la opresión, se mira al pasado con una fijación inquietante y de las páginas de la historia se exhuman personajes célebres para convertirlos en seguidores del movimiento con carácter póstumo. Fidel Castro ceñía sus diatribas con innumerables menciones a José Martí, el libertador de Cuba, Gaddafi acudía a reuniones internacionales con un retrato del beduino Omar Mukhtar, líder de la resistencia libia contra el fascismo italiano, e incluso un gobierno inclasificable y con futuribles maneras de dictadura, el de Hugo Chávez Frías, ha hecho de Simón Bolívar el callado e involuntario justificador de todas sus discutibles medidas.

No es casualidad que se haya acudido a la idea nacional como medio para lograr el apoyo popular a una dictadura. Inculcados a temprana edad, ciertos conceptos quedan grabados en el individuo con una intensidad indeleble y su puesta en duda por parte de un tercero desata un aluvión de agresividad irracional. La religión y el patriotismo son los máximos exponentes de este drama humano y hacer aprender a los críos himnos clericales o loas a las beldades de la patria es una forma inmejorable de manipular su raciocinio desde una edad temprana. Los avances de la ciencia han demostrado que los hombres son idénticos a cualquiera de sus iguales y por ello la insistencia en marcar diferencias en función de una latitud concreta es una tara arcaica, propia de mentes lastradas por el prejuicio y las convicciones inculcadas. En los albores del mundo, los seres humanos transitaban la naturaleza con la libertad de niños ingenuos y las fronteras son sólo creaciones impuestas que conducen a la tensión y una disparidad falsaria. 
 
Es una ilusión risible la de considerar que una persona puede ofrecernos mejores valores por el mero hecho de proceder de un concreto territorio. Pero la concepción del patriotismo tiene consecuencias más graves. Sostener que la defensa de un trozo de tela con unos colores estampados pueda merecer una sola gota de sangre es un trastorno mental al que se puede responsabilizar de muchas de las catástrofes mundiales. En última instancia, la bandera es otra forma de limitar la individualidad humana y someterla unos parámetros determinados. La evolución de la humanidad alcanzara su cénit cuando todos sus miembros obtengan la iluminación del alma apátrida, y, ante otro semejante, valoren únicamente sus cualidades personales.