Un padre es el comienzo de todo, pieza de una dualidad imprescindible, un modelo, un espejo, un refugio, un lago arcano y primero, reflejo de placidez y confianza. Es una presencia inasible que no surge ni se presenta, acompaña, desde antes, vela, hasta siempre. Detrás de cualquier integridad madura hay un progenitor esforzado, un cimiento preternatural, un trabajo de dimensiones intemporales. Un padre representa el amor eterno, un débito o una hipoteca de afecto, infinitos paseos en la mañana, entre libros apergaminados y reducidos de precio. Sostiene, sin condición ni ambiciones, aguarda, cauteloso, tras los pequeños triunfos de la vida. Hacia él se vuelven los ojos cuando el mundo afila sus dientes, es el dios terrenal de los agnósticos, un ideal, una estampa, un seguro hasta el fin de los tiempos. Un padre inculca un modo de ser, pelea, quizá, inconsciente, contra la obscena vileza del universo, eleva un escudo, durante años, protegiendo la vulnerabilidad del niño, lo arranca de las garras de la maledicencia, lo aparta de la congénita inclinación a lo mezquino. Por un padre se es bueno, y no malo, compasivo, y no egoísta, honesto, y no corrompido. Es el caballero juglaresco que domeña al monstruo de las inclinaciones perversas, un alquimista moral, un templario ético. Es un equipo de fútbol, una tradición y un tótem, un ideario sencillo o el nido acogedor para un vuelo reflexivo. Un padre es inviolable, tesoro tras la muralla del alma, joya engarzada en el espíritu, santuario erigido en el centro del pensamiento. Es inamovible y pétreo, presente inmemorial, pasado de ensueño. No se lo aparta de la individualidad bajo ninguna circunstancia, goza de un sitial privilegiado, sea cual sea el contratiempo. A un padre no se lo habla con palabras, sino con actos, con miradas, gestos o recuerdos. Entre el padre y su hijo hay un fluir indestructible, que atraviesa distancias lejanas, una comunión pura e insondable, un misterio sobrecogedor y críptico. El hijo sopesa su ego y maquina deseos de gloria, ensalza sus creaciones y anhela proyectos de grandeza. Pero tras él está el padre, mudo, silencioso, condescendiente y humilde, y el hijo sólo aspira, entonces, a poder simbolizar lo mismo algún día.
Escritos semanales acerca de temas diversos, sin otro punto en común que la búsqueda de la eufonía.
lunes, 19 de marzo de 2012
miércoles, 14 de marzo de 2012
El cerco de los Andes
En Santiago de Chile viven más de cinco millones de personas, pero una geografía majestuosa torna su borboteo urbanístico en un raquítico hormigueo anecdótico. Por sus calles corren ríos de individuos, azorados y presurosos, hay mendicantes, puestos de fruta, vendedores de fruslerías y dulces artesanales. Se entrecruzan los atareados con ociosos y adolescentes, chillan los cláxones de los vehículos, sudan los conductores encerrados en el atasco. Santiago no posee el encanto de una arquitectura deslumbrante, ni retiene la magia decadente de los barrios crepusculares, carece, siquiera, de un ambicioso planteamiento de desarrollo posmoderno. Una tras otra, las construcciones heterogéneas se suceden, se refleja la catedral en las paredes acristaladas del rascacielos, compiten los bloques de pisos en su altura y monotonía de colmenas soviéticas. En sus vías secundarias se acumulan los comercios de proporciones diminutas, tiendas extintas en Europa, ferias sin patrón determinante o zulos angostos, ocupados por un tendero hastiado y algunas empanadas de aspecto insalubre. En el corazón de la urbe laten vísceras de cemento y asfalto, ráfagas de tecnocracia inconstante, moles grisáceas y asépticas, enhiestas sobre la mezquindad estética de obras modestas y morigeradas. Sólo el trazado persigue la quimera de una ordenación armoniosa, dibujando avenidas amplias, interminables, interconectadas, sendas magnas y solemnes, aderezadas por nombres de próceres gloriosos y flanqueadas por la sombra de los árboles y el denuedo de ciclistas esforzados. Santiago es un torrente de urbanidad pura, en el sentido más práctico del término, expresión neutra y vacía de las necesidades expansivas del hombre. Si detrás de la belleza arquitectónica reside el alma espiritual de un enamorado de la utopía, la ciudad puede ser, por el contrario, únicamente urbe, alquimia de hormigón y viga, compacto ente tentacular, nacido de sí mismo, sin responder al arbitrio de superioridad alguna. Santiago podría sobrecoger, zarandear a su residente, hostigarlo, asfixiarlo, encelarlo en su laberinto de pragmatismo descontrolado, golpearlo con vaharadas de polución y carburante. Pero la salvación aguarda, no obstante, a un giro de cuello, sólo elevando la vista hacia las alturas. Santiago se despliega en un llano inmenso y desolado, pero, en último término, queda circunscrito al limes inmemorial de la desorbitada cordillera de los Andes. Todo el bullir caótico de la ciudad acelerada queda encerrado por el cerco de unos titanes precolombinos, ajenos a la rutina del hombre, gigantes de piedra arcana, murallas quebradas, desafío terrenal a los cielos. Bajo la mirada hierática de los montes, Santiago muta y se transforma, progresa o cae en declive. Infinidad de individuos, día tras día, orbitan alrededor de sus insignificantes contratiempos personales. Vuelven sus ojos a sí y se anegan con su nimiedad existencial. Pero los Andes contemplan y no dicen, escrutan y no hacen. Permanecen y aguardan, firmes en derredor del llano, están y estuvieron, estarán hasta el ocaso del mundo. El asedio de la cordillera apresa una nube de contaminación e inmundicia. Junto a ella, también, queda un extracto en bruto de la ridícula intrascendencia humana.
lunes, 5 de marzo de 2012
Colón o la inescrutable senda de lo trascendente
Cristóbal Colón es la llave fundacional de un mundo tan inmenso como particular, el continente americano. Lejos de reunir cualidades de prohombre, ostentar un linaje esplendoroso, remontarse a antepasados ilustres o ser objeto de atención de compiladores y biógrafos, este marino trascendente fue un hombre enigmático, cuyo origen y natalicio se pierden en la bruma de los tiempos. Aunque la historiografía tienda a ubicarlo en el seno de la plaza de Génova, no ha faltado quien lo atribuya a Galicia, Cataluña, Portugal o Sevilla. Salvador de Madariaga lo consideró un descendiente de judíos sefardíes, huidos de la Península Ibérica a raíz de las persecuciones hacia la comunidad hebraica. En su infancia y juventud, se lo enmarca como hijo de un tabernero, sirviendo vino a los navegantes, escuchando sus relatos excesivos, sus aventuras oceánicas, anécdotas de riesgo y misterio. Oculto tras la constante incertidumbre de un velo avergonzado, se lo intuye en los mares del norte, de visita más allá de el extremo austral de Gran Bretaña, en los confines de la Ultima Thule de los romanos, Islandia, naufragado en una acción con sospechosos indicios de piratería. Iluminado, en algún momento, por la bendición del anhelo subjetivo, Colón cree advertir, tras la enormidad del océano Atlántico, una ruta nueva hacia las Indias, o, quizá, el camino a una tierra sin mácula, un reino virginal, un paraíso inédito. Su pasión descubridora, ofertada en todas las cortes de Europa, atendida, finalmente, sólo en la de España, representa la genialidad del predestinado frente a la ciencia milimétrica del concienzudo. Nulo matemático, marinero paupérrimo, cartógrafo aficionado, comandante falto de empatía, no lo alentaba, en esencia, un laborioso estudio de atlas y portulanos, sino la lectura de obras fantásticas, libros de profecías, el fulgor de las vivencias de Marco Polo, el arrojo y la ambición desmedida. Ni sus más entregados hagiográfos pueden negar los claroscuros que salpimentan su controvertida persona, su escasa popularidad entre los tripulantes, el desapego por la integridad de los indígenas, sus celos, inveterados, su manía persecutoria y el pavor a ser privado de la consecución de su misión de su vida. Alejo Carpentier lo dibujó como un individuo mezquino, entregado a satisfacer su ego, fabulador y falsario, conocedor de informaciones privilegiadas, nunca reveladas, en loor de su propia fama. Cristóbal Colón murió en cierta pobreza, superado por el reverso trascendental de su figura, caído en desgracia como gobernador, abatido guardián de un predio sobre el que comenzaban a precipitarse una plaga de dimensiones bíblicas. Siquiera sus huesos gozan de la seguridad de un enterramiento solemne. En su muerte, como en su nacimiento, los analistas oponen pareceres, dudan de su emplazamiento postrero. América bulle de vida, luce una individualidad mestiza, se enorgullece de una mixtura única, retoño mitológico, surgido de la convulsión y el cataclismo, el choque violento y apocalíptico entre dos mundos diametralmente opuestos. Un tapiz deslumbrante germinado durante milenios, enroscado en torno al epicentro de este aventurero revelado. Por encima de sus inquinas y vesanias, Colón es el ejemplo definitorio de que la humanidad no camina, exclusivamente, por los raíles de la racionalidad y el progreso académico. Participa del mismo tronco que soñadores como Heinrich Schliemann, persigue una quimera etérea, remotamente relacionada con signos externos, esculpida en el laberinto de su alma, producto artístico, por sí solo, ilusión, originalidad sin espejo, viento invisible soplando tras el velamen de tres carabelas. En la Historia, este hombre de moralidad discutible es un gigante de proporciones cósmicas. Firma de autor, chispa de genio. El mundo es éste, y no otro, por el egotista fervor de un oscuro marino nacido en el medioevo.
lunes, 27 de febrero de 2012
Firpo contra Dempsey
Un 14 de septiembre de 1923, en el Polo Grounds de Nueva York, Jack Dempsey, tótem de la tradición más conservadora del boxeo norteamericano, noqueó a Luis Ángel Firpo, el indomable Toro Salvaje de la Pampa. En la noche de un tiempo remoto, rodeados por el clamor de millares de aficionados, seguidos, en todo el mundo, a través de emisiones de radio, ambos luchadores compusieron un encuentro de resonancias míticas. Firpo fue un luchador relativamente tardío, que comenzó a pelear a los veintitrés años. Era torpe y embrutecido, desprovisto de cualquier elegancia sobre el cuadrilátero, pero, también, inteligente y avispado, conduciendo él mismo su carrera deportiva. Firpo vivió la suerte de una época con remembranzas feriantes, en las que un tamaño descomunal o una fuerza hercúlea aún llamaban la atención como fenómenos preternaturales. Sólo de este modo logró una oportunidad ante Dempsey, la estrella, el campeón mundial de los pesos pesados, un guerrero al que superaba en altura y tonelaje. Con el gong inicial de la campana, sin embargo, el norteamericano lo arrolló, golpeándolo con un furor incontenible. Siete veces se venció el argentino, otras tanta volvió a erguirse, sólo para seguir vapuleado. Por aquel entonces, la regla del rincón neutral no regía en los organismos, permitiendo abalanzarse al hostigador al menor viso de recuperación. A falta de pocos segundos, no obstante, Firpo envió una combinación inmortal, revestida de un halo mágico. Dempsey atravesó las cuerdas, inconsciente, salió del ring y cayó encima de los periodistas. Tiempo fue, entonces, para la polémica proverbial y eterna. Hay quien dice que el árbitro tardó en comenzar la cuenta correspondiente, esperando a que el campeón fuera alzado hasta la lona. Otros sostienen que, únicamente, éste fue ayudado a retornar al ensogado, siendo el conteo honrado. Existen, también, quienes aseguran que la recuperación fue completamente legítima, escenificando un ejemplo de superación y hombría. En el segundo episodio, Dempsey buscó ejecutar con bríos renovados, desbaratando a su rival por tres veces y haciéndolo abandonar definitivamente. En aquel día lejano, Argentina estuvo más cerca del campeonato mundial de los pesos pesados que en ningún otro instante de su historia. Para muchos, Firpo representa el destino funesto de los pueblos latinoamericanos ante el imperialismo dominador de Norteamérica, la capacidad de resistencia digna frente a un enemigo insuperable. En su tumba, en Buenos Aires, hay una estatua, placas conmemorativas, el lujo postrero de un retiro dorado, monumento a la más brumosa leyenda del boxeo latinoamericano.
lunes, 20 de febrero de 2012
El miedo al tiburón
El tiburón simboliza el miedo elemental del hombre al gregarismo dentro del reino animal. Protagonista de una ficción dominadora, en la cual, cobijado en la seguridad del urbanismo, considera la naturaleza como una fámula a su servicio, el ser humano acostumbra a descubrir su vulnerabilidad de un modo traumático a inesperado. Arrojado a la brutalidad del entorno, su ego antropocéntrico se diluye ante la magna revelación de su indefensión frente a la tierra. El individuo es débil e inseguro y necesita reafirmar su primacía en todo momento. Desea lucir espléndido en su rutina diaria, retrasar, en la medida de lo posible, el envejecimiento, percibir su alrededor como un marasmo de tranquilidad, palpar con la soberbia del monarca ante su señorío, sentir los pies en la tierra, su superioridad intelectual y física, la sublimación cualitativa de los avances mecánicos, los vehículos, aviones, buques, el fastuoso despliegue de una raza empeñada en alcanzar la cima del universo. Todo parece asequible para una civilización capaz de atravesar océanos en apenas unas horas, visitar estancias siderales, superar la velocidad del sonido o llevar la electricidad a los parajes más remotos. El hombre tiene alma de rey sobrevenido, arrogante e inmaduro, consciente de su poder supremo pero sin hechuras con las que morigerar su ejercicio. El pánico de los entregados a un rol con una ceguera irreflexiva reside, inevitablemente, en lo más profundo de su inconsciente, y es la caída en el polo opuesto a su actual tránsito existencial. Así, el hombre, como consciencia universal, se aterroriza ante la perspectiva de perder el control, la facultad de escudriñar la realidad y decidir el mejor movimiento sin ninguna limitación física. Desde un punto de vista antropológico, la caída en las aguas marinas representa la involución más extrema, no ya prehistórico homínido acechado por fieras africanas, sino retorno al estadio elemental, bullir pretérito en el líquido ancestral, vistazo al espejo arcaico y pavoroso de los orígenes más primigenios. En el océano, desprovisto de la aparente seguridad de cualquiera de sus invenciones acuáticas, el individuo es un organismo intrascendente, desprotegido, un juguete para la arbitrariedad de las olas y una víctima propiciatoria para sus deidades ancestrales. Agitando, aún, los brazos, profiriendo gritos de socorro, escenifica un patetismo exclusivo de la raza humana, la angustia inenarrable del que conoce el extraordinario valor de la vida, mientras, bajo la superficie, sus piernas se agitan, turban las aguas, generan ruidos en frecuencias inaudibles, perturban la estabilidad de un reino misterioso. En este territorio insondable, el tiburón se mueve en silencio, ondula, sinuoso, la cola, contempla, hierático, indescifrable, rincones volubles, de apariencia idéntica, pero repletos de matices e indicios inestimables. Esta criatura infernal no posee racionalidad o consciencia de sí, pero su efigie, aterradora, es receptáculo inmemorial de miedos anclados en la psique del hombre. Su nariz afilada, la piel, límpida en la distancia, cicatrizada en la cercanía, la aleta, signo irreal y funesto, los dientes, afilados, copiosos, alfanjes congénitos, albos refulgentes con remembranzas de muerte, los ojos, fríos, vacíos, diríase que cegados, mirada inexpresiva, procedente de tiempos remotos, catalejo para dioses submarinos, oscuros, olvidados, más antiguos, aún, que la vida terrestre. En un instante, el escualo puede ascender, aletear hasta la presa, cerrar sus mandíbulas, indiferente, desatar una nube de sangre, teñir las aguas de rojo, generar un alarido grotesco, helador, individualmente trascendente, anécdotico en la totalidad, cuya resonancia no llegará más allá de los primeros metros de profundidad. El monstruo puede insistir o abandonar a su víctima, arrastrarla al abismo o concederle su gracia, pero, en cualquiera de los casos, será elección animal, y no resolución humana. El hombre es el tirano debelado, expulsado del trono, déspota entregado a las fauces del mundo.
martes, 14 de febrero de 2012
Aeropuertos
Aeropuertos o vórtices humanos. Lanzaderas de sueños y cementerios de anhelos frustrados. Catalizadores de energías casuales, abrevadero para monturas celestes, catedrales del culto al viaje. Nidos de pájaros iniciáticos, rutina para apátridas negociantes. A veces, majestuosos, otras, humildes, posmodernos o industriales, periféricos o céntricos. Ciudades de cristal y hormigón, eslabones de una cadena infinita. En ellos, conectan vidas heterogéneas, ocios y mandatos, carestías y lujo, visiones idealizadas, trayectos forzados, excursiones fugaces o periplos largos y ambiciosos. Cada uno es una Torre de Babel en la que se cruzan millares de desconocidos, arrastrando, invisibles, todas las cargas etéreas ligadas a su existencia. En el vacío de los aeropuertos flotan secretos íntimos, pavores infantiles, costumbres familiares y taras congénitas. Confluyen lenguas diversas, acentos exóticos, hay una polifonía casual que muta a cada despegue. Un aeropuerto multitudinario es la sublimación última del quimérico concepto del cosmopolitismo. Seres humanos de todas las regiones del mundo discurren sin enfrentamiento, preservados por la subsunción en el movimiento, focalizados en su inminente abordaje. Grupos formados por azar y estadística comparten un breve periodo de tiempo, uniendo sus espíritus en una involuntaria aproximación panteísta. Aguardando frente a la puerta de embarque, son almas a la expectativa, abandonados en parajes lejanos, dependientes de terceros, ligados al hogar, únicamente, por sus lazos íntimos y personales. En los rincones de los aeropuertos, perviven memorias nostálgicas, recuerdos sin dueño, palabras reprimidas, exudaciones de retrospectiva e incertidumbre.
lunes, 30 de enero de 2012
El portero
El fútbol, deporte colectivo por excelencia, esconde una paradoja en la figura individualista del portero. El arquero es un deportista arriesgado, ubicado por encima de lo humano y lo divino, cuyo desempeño es una constante apuesta contra los hados caprichosos de la fortuna. Este paladín moderno puede ser ensalzado hasta el Olimpo si logra soportar las acometidas del rival, pero, en un instante fugaz, la adoración puede tornar odio y el embeleso en ira. Como en cualquier deporte de equipo, los alineados poseen facilidades para camuflar un rendimiento pésimo, cobijándose bajo el palio de un día aciago o subsumiéndose en la situación crítica del conjunto. El juicio de la grada es severo, tiránico, y, en ocasiones, arbitrario, pero los futbolistas avezados y hábiles en el trato a las masas saben cubrir sus defectos mediante artimañas diversas. El portero, sin embargo, vive, a perpetuidad, en el linde del abismo. Es el ouroboros universal sobre el que gravita el concepto básico del juego, principio y final, símbolo gnóstico, luz y oscuridad imbricadas en el individuo. Cuando la pelota ronda la línea de gol, vuela, poderosa, hacia los tres palos de la portería, se detiene el diapasón de los corazones, se paraliza el hálito de los pulmones, hay una pausa intemporal, en la que el organismo se reduce a una incertidumbre sencilla, si el tanto subirá o no al marcador, si las redes se agitarán, abatidas, al contacto con la pelota. Es entonces cuando interviene el guardameta, estira su mano, rebelde, carga en sus hombros el peso de la ilusión generalizada, anhelo de sus compañeros, pasión de miles de aficionados. El proyectil es desviado, desaparece tras el arco, el tiempo corre de nuevo, él es el héroe, el salvador, el guardián celoso e inescrutable. Pero si el disparo es fácil, no levanta tensiones, marcha, dócil, hacia la rutina de los guantes expertos, y, no obstante de ello, se escapa, bota, burla a su receptor, se tambalea, como una polichinela esférica, hacia la frontera terrible, una grieta infernal se abre a los pies del portero, y éste, vapuleado, se transforma en el culpable de todos los males de la tierra. Habrá quien desate su furia y quien guarde un respetuoso silencio, pero, en cualquier caso, un sentimiento pecaminoso dimanará del desventurado, abatido por la injusticia, dolido con sus capacidades, arrepentido, incomprendido, habitante de la condescendencia cordial del resto de jugadores. El arquero es un temerario embarcado en una trayectoria suicida, que, con cada actuación brillante, alimenta la decepción solemne que embargará a sus seguidores durante sus postreros momentos. El futbolista de campo envejece y oculta su decadencia con actos de pundonor, carreras populistas, detalles de calidad, participaciones esporádicas, ideadas para su menguante aguante, demostraciones de veneración y respeto hacia la vieja leyenda. Por el contrario, cuando el portero, alentado por la subjetividad funesta de todos los deportistas, pierde facultades, pero, aún así, permanece en activo, su decadencia es un drama triste, vejatorio, cruel e inmerecido, en el que el declive es presentado ante el mundo con una claridad agresiva. Ya no quedan reflejos, no hay velocidad felina, restan, únicamente, movimientos técnicos, mecánicos, inolvidables durante el resto de la vida, pero inútiles, caricaturescos, adornos para el saqueo de unos dominios antaño inexpugnables. Desde su primera jornada en activo, el portero protagoniza una lucha utópica, abocada a un inevitable fracaso. El balón está predestinado a introducirse dentro del arco, confluye hacia los tres palos con un ímpetu natural y salvaje. Se puede retenerlo, a costa de la juventud y la preparación física, pero, al final, con el paso de los años, sólo queda abandonar el campo, desistir de una misión fútil, rendirse ante la certeza de la pelota rasgando el espacio etéreo de la portería.
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